EL AUTOBUS
EL AUTOBUS
Un viaje en autobús de la costa a la capital resulta reconfortante. Aquel transporte de dos pisos con amplios ventanales azules se puede fundir con la oscuridad de la noche y el cansancio de mis aventurados ojos. La fila para subir al autobús está formada por diez representantes de distintas nacionalidades (juzgando por lo que veo y por la variedad de palabras que, si no fuera por su sonrisa, sentiría como maldiciones hacia la pobre de mi madre tan lejos de esta región). Yo comienzo a causar mucha gracia a un trio de muchachas, ellas ríen como hienas burlándose de un cachorro de cebra; mofándose tal cual lo hace un mentiroso cuando su novia enamorada le cree que sigue trabajando un sábado a las 11:00 pm.
Yo solo podía pensar en la maravilla que era mi rostro y la magia de su bondad, pues lograba causar esa felicidad desbordante en las carcajadas incómodas que vomitaban diabólicamente las hienas.
Mis rasgos no me delatan, pero mis creativas soluciones probablemente sí. Motivado por conocer las raíces de la carcajada, decidí cuestionar a mi entorno. Pregunté con una voz grave y fuerte que solía utilizar cuando mis alumnos eran presas de sus hormonas:
¿Dónde puedo comprar un cigarro?
Mis castellanas palabras provocaron un cambio drástico en las hienas. Ellas se vieron entre sí, y agacharon su mirada. Yo como león rugía mientras ellas huían de mí. Parecía que sus escandalosas risas se habían refugiado en las olas de arenas que rodeaban la estación, se escondían en los polvorientos senos de la tierra. Se alejaron de mí como un bebé busca la lechosa mama de su progenitora.
Yo te estaba platicando entonces de lo divertido que es viajar en autobús, aunque hasta ahora no ha resultado divertido para mí ni para ti. Entregué mi pesado equipaje y subí. Me embarqué en el primer asiento del segundo piso. Iba exactamente sentado en la cabeza del conductor, en caso de ser su puta sería una hermosa aventura, pero pusimos una barrera metálica de un piso que impidió vernos la cara y probar suerte para comenzar a platicar.
Empecé a imaginar al chofer y cómo podría ser su vida. Su realidad son caminos y brechas, terracerías y autopistas. Nada para él es más importante que llegar. Tantas vidas han estado (y ahora está también la mía) en sus velludas manos, situación que me pone nervioso e impaciente. Sus dedos, índices de historias, reflejan las aventuras de miles de personas. Pero si el conductor es una naciente de verdades oídas, el mismísimo camión sería el cuentacuentos más famoso de la región. Sus acolchonadas y polvorientas paredes han presenciado las cinco sensaciones en una múltiple variedad de manjares vivenciales; me cuesta vislumbrar que cada hilo barato que teje los asientos tiene en su memoria cientos de experiencias. Vivos y muertos, tontos y eruditos, de todo ha pasado por aquí. Matrimonios fallidos, noviazgos de una noche, ambición y esperanza, lágrimas derramadas como goteras en temporal de huracán. Manchas, gases, fluidos, residuos, todo ha presenciado este señor autobús. Afortunado aquel que lo haga hablar, ese que le invite una copa en un bar de carretera, que juegue billar con él y pueda destazarle, uno a uno, sus más íntimos y perversos secretos guardados en su correteado motor modelo 1998. Después de hacerle el amor, no le quedara más que contarte su pasado, sus historias, tal como la vida lo ha tratado; desnudarle uno a uno sus cables y tornillos, para luego, dejarlo tal cual te lo has encontrado.
La gasolina es la sangre misma de todos aquellos que decidimos, en un arranque, alejarnos de donde estábamos para encontrar nuestro paraíso individual, nuestro cielo momentáneo. Locos aquellos que buscan acercarse a su enamorada, a esa que se fue sin ganas de volver.
El autobús te aferra, te invade, te enferma en el afán de acercarte y conquistar. Te fundes con sus metálicas y pesadas piezas como si su ardiente energía te fundiera en el más delicado líquido, que busca frialdad para cohesionarse de nuevo en sus más ínfimas y milimétricas partes bajo condiciones nuevas. Historia parecida a la del ave fénix, pero no tanto.
Vuelvo a pensar en mí, en mi presencia frente a las hienas. Mi vecino de autobús, con un toque de profesor inconforme de biología marina en un lugar a 1000 kilómetros de la costa, desprende un aroma parecido a la putrefacción de un perrito arrollado hace tres días. Sus enormes y bellos ojos azules resultan tan insignificantes, ante su malhumorada y apestosa expresión. Su cara, parecida a la de una mujer recién parida de gemelos, te invita a aventarte sin paracaídas a un profundo y oscuro precipicio para no volverte a ver. Dorados cabellos tejidos como espadas buscando corazones ajenos, adornan aquella inolvidable mirada sin rumbo. Quiero golpearlo hasta cansarme, quiero introducir su cara en un excusado de flores, orinarle encima y pedirle que me agradezca por oler a orina de viajero con cerveza barata en lugar de su fuente natural de aguas residuales. A las hienas no las quiero golpear, bueno solo una vez y en su trasero. Después quiero que nos hagamos amigos y podamos viajar juntos.
” ¡Quiero un cigarro!” fue lo siguiente que escuché, después del madrazo recibido en mi cabeza. Desperté y voltee hacia atrás. Un pasajero de cuestionable origen, quería encender un puro dentro del camión. Argumentaba que ya llevaba 3 horas sin fumar. Su desesperación era tanta que sus neuronas se torcieron de tal forma que llegaron a mi nuca. Lo miré buscando una disculpa que, por cuestiones de logística y adicciones, nunca llegó. La moza del autobús fue le encargada de calmar las aguas y me llevó mi pollo con verduras para cenar. Era un avión que busca permanecer como antes: excelente servicio, movimientos bruscos… con un pequeño detalle: nunca supieron volar sus alas. El autobús es el hermano pequeño del avión, el que no alcanza los logros pero todo lo sabe.
El adicto me despertó y me quedé a medias. Estaba a punto de seducir al autobús en un motel, desnudarlo, volverle a hacer el amor y después, en la intimidad forzada del sexo con alcohol, preguntarle qué pasó con las hienas, con ese olor putrefacto del rubio testarudo y, en una de esas, maravillarme con el secreto de alguno de aquellos miles que ponen sus nalgas en el mismo asiento en el que hoy vivo yo. Ah y lo olvidaba, preguntarle quien soy, a dónde voy, por qué doy tanta risa y si algún día podamos formalizar algo.