domingo, 30 de noviembre de 2014

INSTINTO

Llegué a una tierra donde te intoxicas de naturaleza. Germán desprendía flora y fauna en su mirada, su sangre misma era un afluente del Amazonas. Cada paso en la enorme ciudad te acercaba a la inmensidad de la selva. Yo quería entender sus costumbres, pero no había nada que hacer… aquí la única regla era el instinto. 
Decidí sumergirme en el instinto que irradiaba de lo vivo y lo inmóvil de Iquitos; la gente contaba con maestría en vivir y especialidad en amar… ¿Por qué? ¿Acaso el amor es instintivo? ¿No era decisión? ¿Tomar el camino de amar era contrario a su realidad? Me confundí; amo a la anaconda y aborrezco al ser humano ¿Cuándo? No sé, yo solo comprendí que Germán fluye como un brazo del mismísimo río.
En un rincón de mi ser, nacía otra afluente. Una que si no se hacía camino, se iba a desbordar; una cuenca creciente, ardiente, hambrienta. Esa fluidez de lo que prende y apaga a la vez. Una hambruna insaciable, atemporal, que me exige nada más que instinto.
Todo era difuso en un mundo de claridad. Me senté, observé y caminé. Me adentré a lo surgió dentro y vaya sorpresa me encontré. Dentro de mí había un reflejo del rio, reflejo de German, reflejo del más siniestro instinto. Rostros sonrientes que sufrían, imágenes solitarias que acompañaban, caras muertas llenas de vida.
Eso era la selva: una realidad imposible que propicia el instinto e impone la fantasía. Mi alma ya no es mía, es compartida. Quiero entenderlo pero no puedo; la razón se indigestó de fantasía. Todo es instinto: la ecuación complicada y la pasión de la travesía. Las opciones no existen, todo se comparte. Tu alma se queda mientras tú te vas, cargando en tu espalda cientos de pedazos de personas que como tú probaron el instinto de vivir, simplemente vivir.